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APOCALIPSIS CAPÍTULO 21. LA NUEVA JERUSALÉN

Número 2199

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“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más” (Apocalipsis 21,1).

Apocalipsis 21 desvela la visión que el Señor dio a Juan respecto a la nueva creación y la nueva Jerusalén. Dios prometió la renovación de todas las cosas (Isaías 65,17; Romanos 8,19-22; Hechos 3,21). En los versículos se nos muestra como Dios crea un nuevo cielo, una nueva tierra y una nueva ciudad, Jerusalén la celestial. Allí habitará Dios y con Él todos sus redimidos, aquellos cuyos nombres están inscritos en el libro de la vida del Cordero, verso 27.

La miseria humana será eliminada de la experiencia de los redimidos por completo (verso 4) porque habrá un ambiente totalmente nuevo (verso 5 y 6) Y  una nueva relación con Dios (verso 7). La gente que no quiso aceptar a Cristo serán absolutamente excluida de la nueva Jerusalén porque allí habrá total santidad (verso 8).

La visión de la Jerusalén celestial es estupenda. Se asemeja a una esposa ataviada para esperar va su esposo (verso 9), desciende de la misma presencia de Dios (verso 10), posee la gloria de Dios (verso 11) y se asemeja a una piedra de jaspe, diáfana como el cristal (verso 11). La ciudad está rodeada de un formidable muro que representa la seguridad que hay en ella. Las dimensiones de la ciudad son enormes. Probablemente tenga la forma de un cubo de dos mil doscientos kilómetros de ancho, por largo y alto (verso 15 y 16).

Los versículos finales 22 al 27 presentan las características de la nueva Jerusalén en su aspecto espiritual. No habrá templo físico, porque Dios y el Cordero son su templo. No habrá necesidad de sol ni de luna, porque Dios y el Cordero la iluminarán. Las puertas de la ciudad nunca se cerrarán. Sólo los redimidos, los que recibieron a Jesús en su corazón como Salvador y Señor tendrán acceso a la ciudad. Es indudable que la Nueva Jerusalén exhibirá una gloria jamás soñada por el ser humano. El requisito para la entrada a la santa ciudad sigue siendo la fe en el único Salvador de los hombres: Jesucristo, el Mesías.

Esta escena final del capítulo 21, Debiera inspirar a cada persona a recibir a Jesucristo como Señor y Salvador y así tener su nombre escrito en el libro de la vida del Cordero.

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Yo confieso que soy un pecador (a) en necesidad desalvación. Me doy cuenta que viene el día en que será demasiado tarde para ser salvo (a). Yo te recibo ahora Jesucristo como mi Señor y Salvador personal; perdona mis pecados e inscribe  mi nombre en elLIBRO DE LA VIDA ETERNA. Amén

 

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